Todo regresa a su lugar

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Luego de algunos meses de ausencia, decidí retomar el timón del que ha sido mi sitial, desde hace unos cuantos años. El enfocarse en otros y dejar de lado lo que te diferencia, sigue siendo una de las peores decisiones  que tomamos los profesionales del periodismo y la escritura. Suena sencillo eso de hacer equilibrio entre lo personal y el trabajo, sin embargo Venezuela y sus menudencias son bastantes particulares, cual balanza el peso se traslada más de un lado que del otro. No obstante, me siento sumamente agradecida ante las vicisitudes, el abrigo del omnipotente nunca me ha abandonado, las amistades fieles y el aprecio de los colegas; pese a la contraposición constante.

Les comparto un poco de la visión que he tenido en este primer trimestre del año. Es sin duda, una pequeña captura o como bien dicen la fotografía de un momento.

Fin intrépido

 

Desde el génesis, el tempus y sus propósitos han marcado la complejidad de los días, las horas y los años. Los sueños, proyecciones y edificaciones son una constante producto del devenir, reducido a una cuantificación abstracta del pensamiento. El aquí y  ahora es una consecución del ayer, de un cambio significativo que puede variar conforme al bagaje de quien lo observa. Al revelarse los vestigios que conforman una verdad, puedes ordenar los sucesos en secuencias, establecer que el pasado no puede erigirse sin futuro, y los eventos son una seguidilla formada por la simultaneidad. Aunque exista un ardid que intenta ocultar los hechos, la teoría kantiana nos dictamina que el alma intuye al tiempo en su forma, gracias a la virtud, mejor conocida como el proceso interno del hombre, esta introspección ayuda a clarificar el movimiento relacionado con la conducta de los otros y la propia como un mero acto reflejo. En esa inmersión cuasi religiosa puedes traducir lo oculto, aquello que alguna vez te hizo cautivo se vuelve indeleble como la arena dentro de un reloj antiguo.

 

“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.

 Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado”.

Eclesiastés 3: 1-2

 

 

 

 

 

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