Bowie, un viajero incansable

 

La semana comenzó un poco floja entre algunos mensajes del destino, el frío propio de enero, la modorra de retomar la rutina y la expectativa que todo año bisiesto trae consigo. Parece que nuestras penurias mortales quedaron en el olvido el pasado 10 de enero. Día que  me enteré  a través de Twitter (como todo mortal) de la dolorosa noticia de la muerte de Major Tom, Ziggy, Bowie o el Jareth el Rey de los Goblins, ésta última  referencia puede sonar un poco fuera de lugar, pero sí, fue mi primer encuentro con David Jones.

 

Bowie un viajero incansable

De pequeña sentí una fascinación por las creaciones de Jim Henson, sus muppets y cuanto musical de seres felpudos de colores existiera. Recuerdo que con tan sólo siete años de edad, un domingo por la tarde, pasaban en el canal 4, esta obra maestra de la animación dirigida por Henson y producida por George Lucas. Un mundo de mezclas celtas, modernidad, caballeros andantes, perros que eran héroes y enanos amargados. Sencillamente aquella fábula me marcó y en mi mente quedó  registrado el rostro de David Bowie.

Mi adolescencia fue una simbiosis que surgió a  partir de los gustos de mis padres, mi hermano mayor, mi abuela, mis tíos y los propios. Tuve la suerte de crecer entre jazz, pop, libros, rock de los 60´s y 70´; los 80´s de Alexander y la música llanera de Eloisa. Un compendio que hizo engranaje entre los  amigos y hermanos que me dio la vida.

 

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Al leer la noticia sobre  la muerte Bowie, las fiestas con Mimo, Yeli y mis primos hicieron acto de presencia. Pasábamos horas bailando y cantando su música, urgábamos entre los adornos de Navidad de Rodika, para hacernos algunos atuendos como los de él. Fueron los mejores años de mi vida, rodeada de algarabía, la rebeldía de la década de los setenta y ochenta y los sueños de estar en Londres en plena puesta en escena de David.

Los días pasan vertiginosamente después de acontecimientos así, la vida es efímera, los recuerdos son la mejor valija que  hace mantenernos de pie. Enero comenzó entre los colores del Ávila, las noticias funestas de ídolos, vecinos que se marcharon sin cumplir sus sueños y nosotros los que aún seguimos vivos, con un poco de añoranza de esa que te llena la cabeza de imágenes, música y actuaciones impecables como las de Alan Rickman. Unos nacen otros mueren, dice Eclésiastes que es “un tiempo para destruir, y un tiempo para construir;  un tiempo para llorar, y un tiempo para reír; un tiempo para estar de luto, y un tiempo para saltar de gusto”. Es sólo eso: La vida.

Les dejo este increíble tributo de  Jarvis Cocker, cantante de Pulp para David Bowie:

 

 

 

 

 

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